Memorias 4
Los artistas rupestres no pensaban en la exposición de sus pinturas; su motivación no era el amor al arte, sino el apremio de la necesidad vital. Para sobrevivir invocaban a los espíritus. Al poeta autodidacta le mueve un apremio primario similar. La escritura es el fruto de la meditación traducida al código de las letras. Soy lector más que auditor. La edad acentúa esta tendencia a las vibraciones del silencio que creo acarrear desde la infancia (3). El vehículo de la palabra escrita es la mirada, el de la palabra hablada, el oído. Si leer un buen libro es un acto aparentemente reposado aunque dinámico, por ser imaginativo y sensutivo; el acto de escribir, nacido en la materia gris, es un trabajo que necesita una herramienta para su realización, sea pluma o teclado. ¿Acaso no es una aventura lanzarse a la conquista de una cima soñada, escribir un libro, aunque el resultado sea el regreso a la llanura con el rabo entre las piernas? ¿No es aventurado atreverse a penetrar en el intrincado y enmarañado bosque de los significados, la sintaxis, las metáforas, con el agravante de desconocer los innumerables peligros que acechan en el largo camino? ¿Y qué si salgo arañado y herido de la aventura? Si de un escritor frustrado nace un buen lector, grande es la compensación. Se dice en esta parte de Europa llamada España que las tres obras más editadas en el mundo son El Quijote, La Biblia y El Capital. Ocurre que es de muy buen ver tenerlas en nuestra biblioteca personal y ¡cuántos libros más! sin haberlos leído. Se compran los libros por kilos, como elementos decorativos y marca de cultura. Una vez pagados, apropiados mediante su precio de mercado, es decir, poseídos, leerlos pasa a un plano futuro que tarda en llegar o no llega nunca. Hoy, leer viene muy por detrás en la escala de valores y prioridades. La lectura lanzó a Don Quijote contra los molinos de viento; la televisión lo ha encadenado al sofá.
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