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Blog Pepe Martínez Carmona

Mis memorias

memorias 6

Un tío mío, casado con una hermana de mi madre, era limpia botas. Todos los señoritos que necsesitaban sus servicios sabían donde encontrarle: delante del Casino. Allí se instalaba desde siempre con su banqueta, su caja, sus betunes, sus cepillos, sus trapos y sus muletas, pues era cojo. Allí lo dejamos cuando nos fuimos a África. Dieciocho años más tarde, muerto ya mi padre en Orán, regresé a mi pueblo. Mi tío José, el betunero, continuaba en el mismo sitio, con sus mismos atriles y haciendo lo mismo: lustrar botas delante del Casino. Vértigo me da pensar en esas vidas. Murió a los pocos años como se seca una morera centenaria que repartió sombra y oxígeno, brindó fruto, cobijó pájaros, alimentó gusanos de la seda, embelleció el paraje..., pero que nunca lo supo.

memorias 5

Una cosa es la edad; otra muy distinta la vida. Un año es una medida de tiempo compuesta, según los astrónomos, por 365 días con sus noches, más un cuarto. Pero de ese tiempo convencional llamado año ¿Qué porcentaje se vive realmente? Los segundos expresan mejor la medida de la vida. En ellos se confunden presente, pasado y futuro en una incesante huida "hacia atrás" y "hacia delante". ¿Cuántos de esos segundos fugaces han sido "vividos"? Quizás, el presente más "vivido" se manifieste en el dolor. El dolor subraya el tiempo como una nota aguda, continua, intensa que parece no acabar nunca. Aunque en un minuto de dolor, sólo el último segundo se sitúa en el presente, se podría afirmar, contradiciendo la lógica, que un minuto de dolor "dura" mucho más que un minuto de felicidad. Algo así como si el tiempo del dolor se experimentase sumando y el de la felicidad restando o, dicho de otra manera, el deseo de que el dolor acabe lo alarga; el deseo de alargar la felicidad la hace fugaz. Sin embargo, en la memoria, el dolor se difumina y se achica mientras la felicidad se alarga, palpita, se resiste a morir.

Memorias 4

Los artistas rupestres no pensaban en la exposición de sus pinturas; su motivación no era el amor al arte, sino el apremio de la necesidad vital. Para sobrevivir invocaban a los espíritus. Al poeta autodidacta le mueve un apremio primario similar. La escritura es el fruto de la meditación traducida al código de las letras. Soy lector más que auditor. La edad acentúa esta tendencia a las vibraciones del silencio que creo acarrear desde la infancia (3). El vehículo de la palabra escrita es la mirada, el de la palabra hablada, el oído. Si leer un buen libro es un acto aparentemente reposado aunque dinámico, por ser imaginativo y sensutivo; el acto de escribir, nacido en la materia gris, es un trabajo que necesita una herramienta para su realización, sea pluma o teclado. ¿Acaso no es una aventura lanzarse a la conquista de una cima soñada, escribir un libro, aunque el resultado sea el regreso a la llanura con el rabo entre las piernas? ¿No es aventurado atreverse a penetrar en el intrincado y enmarañado bosque de los significados, la sintaxis, las metáforas, con el agravante de desconocer los innumerables peligros que acechan en el largo camino? ¿Y qué si salgo arañado y herido de la aventura? Si de un escritor frustrado nace un buen lector, grande es la compensación. Se dice en esta parte de Europa llamada España que las tres obras más editadas en el mundo son El Quijote, La Biblia y El Capital. Ocurre que es de muy buen ver tenerlas en nuestra biblioteca personal y ¡cuántos libros más! sin haberlos leído. Se compran los libros por kilos, como elementos decorativos y marca de cultura. Una vez pagados, apropiados mediante su precio de mercado, es decir, poseídos, leerlos pasa a un plano futuro que tarda en llegar o no llega nunca. Hoy, leer viene muy por detrás en la escala de valores y prioridades. La lectura lanzó a Don Quijote contra los molinos de viento; la televisión lo ha encadenado al sofá.

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Aunque hay personas entrañables y entendidas que consideran que no han de mezclarse en una misma obra prosa y poesía, a mí se me plantea un problema: Los poemas, aunque de manera irregular y con mejor o peor fortuna, han jalonado mi vida. Son algo así como las masturbaciones del espíritu, liberadoras de las tensiones síquicas. Luego es difícil renunciar a esos testigos poéticos en unas memorias, puesto que la vida cobró sentido con ellos. He de reconocer que la ópera, esa tragedia en que se funden música y bel canto sin dar lugar a prosaicas intromisiones, siempre me cautivó. Al contrario, los intervalos hablados de la zarzuela no llegaron a convencerme. Por lo tanto, y aunque en principio consideré que, en lo que concierne a las Memorias de un desconocido, el cambio de intensidad y de ritmo empleados para reflejar un mismo acontecimiento no redundaría en menoscabo del contenido, no me convenció la experiencia, por lo que prosa y poesía navegarán hacia el mismo puerto, pero cada cual por su ruta. La referencia (1) que cierra la introducción a este escrito, remite a la parte poética, la cual discurrirá, cual texto arábigo, desde la cola hacia el centro del libro. Así, prosa y poesía, inseparables en mi memoria, lo serán también en el reflejo escrito de la misma.

2

La narración ha de tener un hilo conductor que vaya hilvanando las partes de lo que, al final, será el todo de la obra. Ahora bien, no me sirve el símil del río que nace, dicurre, recibe los aportes de sus afluentes y desemboca, impetuoso, en el portentoso océano. No pretendo escribir una semblanza biográfica; nada más lejos de este ensayo que podría titularse "Memorias de un desmemoriado", (2) título al que debo renunciar porque, a toro pasado y gracias a internet, descubro se corresponde con una obra de Benito Pérez Galdós.

MEMORIAS DE UN DESCONOCIDO (SIN MEMORIA)

Con admiración y cariño: A mi madre

 

Antes de que yo naciera

Bella tierra, tierra mía

La fogosa cabellera

El viento te sacudía

 

Vivo la aventura humana

Intentando el equilibrio

Entre mi ser y la historia

La masa y el individuo

Lo digo para que conste

Casi nunca lo consigo

 

Hermano, pongo en tus manos las primeras páginas de esta aventura. A ti debo la sugerencia de emprender el viaje a mi borroso pasado. ¿Cómo recomponer fielmente un rompecabezas cuyas piezas se han ido perdiendo o desgastando en el largo camino? Para mirar atrás sólo tengo unos ojos cansados de otear horizontes inciertos.

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Cuando se ha saboreado alguna obra de los grandes escritores clásicos o modernos, es decir, cuando se ha escalado las más altas cotas de la literatura y disfrutado, sin grandes peligros, de las maravillas que contienen, se queda uno con la boca abierta, la mirada perdida en un infinito de admiración y respeto. Es como cotemplar la cima de una montaña, mole magestuosa a la que nunca se podrá acceder, al menos de utilizar el artificio, el avión, el teleférico...La poesía, en la que música, cadencia, imagen y silencio se confunden en un todo armónico o disonante, permite, cual mágico medio, el sorprendente atajo hacia las cumbres. El poeta es como la abeja que, libando el polen de las flores, produce el milagro de la miel. Pero, si bien en el caso de la abeja no existe duda alguna en cuanto al delicioso producto que elabora, para el autodidacta forjado en la escuela de la vida, sin conocimientos académicos, en la escritura, fruto de la soledad, vibran todas las incertidumbres. En ello consiste la aventura de escribir.